Tenía pensado tomar el avión a Monterrey para escuchar a ese loco que canta El Salmón (“...dame un poco de tu amor, yo a cambio te ofrezco una montaña de horror”) Calamaro era el pretexto para subir al pájaro de acero y sentir lo de siempre: lo bonito que son las ciudades vistas desde arriba; el miedo de ir dentro del fuselaje y el miedo de pensarse afuera cuando se está justo encima de las nubes. En fin, es fascinante eso de llegar pronto a un sitio en el que no se tiene nada que hacer. Por lo visto seguiré esperando lo que difícilmente llegará: el Sr. de la Lengua Popular cantando en Tijuana.
Por lo pronto, y mientras aparezca otro pretexto, me quedaré en casa pensando en los días, como hoy, en que sólo se necesita partir, caminar y olvidar (para recordar después) Un sitio sin espectáculos, aventuras o conversaciones. Tal como dirían algunos: empezar de nuevo. Aunque pensándolo bien ¿quién quiere empezar de nuevo? Yo no. La felicidad llega y se va. Y vuelve. La felicidad, algunas veces, viene envuelta en una mujer de hermosas y depiladas piernas; otras veces, viene en los surcos de mis discos elepé del Sr. Davis a quien re-escucho compulsivamente, especialmente con esa Tout De Suite a cargo del insuperable quinteto del 68.